Durante siglos la cosa fue así: si usted quería escuchar música tenía, necesariamente que contar con un grupo de intérpretes capaces de reproducir en sus instrumentos los sonidos en cuestión. No había otra.  Fuera en una sala de conciertos, la plaza de un pueblo o el salón de baile, la música era siempre una práctica colectiva en la que artista y auditor debían coincidir en tiempo y  espacio

Pero hacia el 1900, y gracias al gramófono que permitía fijar los sonidos y luego reproducirlos se comenzó a producir cambio sustancial que poco a poco fue transformando no sólo la relación entre el músico-la obra-y el auditor, sino que además los rasgos y particularidades esenciales de cada uno de ellos.

Por un lado, la música sufrió los efectos industrializantes de su comercialización, pero también cambió la experiencia, la forma de crear y de escucharla.

REC & PLAY

Las técnicas de grabación abrieron nuevas posibilidades expresivas y esto generó amplias discusiones e interesantes tendencias: ¿Qué tan fiel debía ser el registro de una determinada obra? ¿Era posible intervenir la interpretación y, mediante técnicas en el estudio, generar una obra nueva, distinta?

En la música popular fue probablemente el disco Sargent Pepper (The Beatles, 1967), la primera obra concebida exclusivamente como registro y ya no para ser ejecutada en directo. El estudio de grabación se convirtió entonces en un mediador esencial entre músico y auditor, pero también en un agente activo al momento de la creación. Un instrumento más.

Las posibilidades de reproducción llevaron la música desde la sala de conciertos a la cotidianidad, transformándola por momentos en ruido de fondo o en mera compañía de otras actividades. Pensemos en la revolución del walkman durante los `80, un aparato sencillo que permitió musicalizar nuestra vida en movimiento, transformando un sencillo viaje en micro en algo así como nuestro propio video clip (la música re-significando la experiencia individual).

Pero al mismo tiempo, y mientras cada auditor compilaba sus propios discos (luego serían Casetes, CDs, Mp3) basándose en sus gustos e intereses, se generó también un cruce y una transculturación estilística impensada hasta antes de la mitad del siglo pasado. Discos de rock junto a música clásica del 1800, soul norteamericano y mantras hindúes, lo próximo y lo ajeno migrando y transformando no sólo el gusto de quien escuchaba sino también “la mano” de quien componía.

El hip hop es quizás el mejor ejemplo de esta transformación y transculturización permanente; desde Brooklyn a Berlín, pasando por Buenos Aires, Concepción y Tokio, la cultura de la rima y el scratch se ha reinventado y adaptado, fusionando lo ajeno y lo propio en un largo sinfín estilístico, donde las fronteras y las distancias se desdibujaron hace rato ya en la  boca del MC o en las perillas de Dj.

COPY & PASTE

Desde la irrupción de los sintetizadores a principios de los `70, la tecnología ha continuado redefiniendo el sentido y la experiencia musical. No sólo los artistas se han visto beneficiados por las nuevas herramientas expresivas, sino que además el público, la cultura, el consumo, han transformando permanentemente sus gustos, hábitos, aspiraciones y capacidades perceptivas. Veamos:

Desde la irrupcion de la electrónica en el escenario de la música popular (Brian Eno, Kraftwerk,)  no sólo se ampliaron posibilidades timbrísticas de una obra, también, y de manera más profunda, se transformaron los íconos-aspiracionales de la cultura popular: a mediados del los `80, por ejemplo, el Sinth Pop sepulta definitivamente la figura del “Guitar Hero” (Depeche Mode llena estadios a punta de sonidos sintetizados y sin necesidad de largos y destellantes solos). Luego, en los `90, el Dj se convierte en el rey indiscutido, él y sólo él maneja el ritmo y los estilos, él es el dueño absoluto de la mezcla y la remezcla.

¿Qué habría sido de ellos y de la cultura generada a su alrededor sin la irrupción tecnológica? resulta difícil imaginarlo.

Con posterioridad, y gracias al uso del Sampler (dispositivo que permite recortar, copiar y pegar trozos de sonido para transformarlos en otra cosa) asistimos a la transformación definitiva de las obras musicales. Éstas ya no son meramente un texto sonoro para ser leído, por el contrario, están abiertas a la reinterpretación y son a su vez, por decirlo de alguna forma, causa y efecto de si mismas y de nuevas obras que se realimentan en el tiempo.

En esta misma línea, también resulta interesante observar como la proliferación de instrumentos virtuales (manipulados en un computador) ha ido poco a poco invirtiendo el porcentaje de músicos y consumidores pasivos. Cada día hay más y más personas haciendo música desde su escritorio, cada día el acceso a la creación musical se democratiza y por tanto el volumen de obras aumenta de manera exponencial.

¡SOY ELECTRÓNICO!

Nuevos instrumentos han cambiado radicalmente las prácticas de producción sonora, éstas a su vez han generado nuevos estilos los que finalmente, y aquí un nuevo elemento de análisis, han tendido a modificar los parámetros con que apreciamos una obra. De alguna forma, y frente a ciertos tipos de música, hemos aprendido a escuchar distinto. El ejemplo más claro lo encontramos en la música electrónica y en como ésta rompió uno de los ejes paradigmáticos de la música pop:

Melodía
(construída sobre un sistema tonal)

Armonía
(generalmente convencional) 

Ritmo Acompañante
(generalmente regular y acompasado)

-
A través de este eje, y gracias a estos 3 parámetros hemos apreciado, disfrutado y evaluado gran parte de la música que durante muchos años escuchamos. Pero ¿es realmente éste el mapa que utilizamos para movernos en el territorio de la música electrónica?  ¿Cuándo escuchamos música electrónica, esperamos oír una melodía principal construida sobre una armonía tradicional con un ritmo que las acompañe?

Muy por el contrario, en la electrónica el ritmo se vuelve el articulador principal de la obra y puede, como en el caso del break beat y otros estilos, tender a una permanente irregularidad. La armonía por su parte, y si es que la hay, es muchas veces el producto de la superposición de trozos sonoros que no necesariamente tienen una lógica tradicional y mucho menos dan como resultado una sucesión de acordes.  La melodía es también un elemento que puede o no estar presente, a veces con sólo un par de notas repetidas, moduladas y filtradas hasta el infinito lo que dista bastante de las construcciones melódicas tradicionales.

Nadie, a estas alturas del siglo, se sorprende con este tipo de construcciones sonoras, nos puede gustar o no, pero sabemos como enfrentarlas sin perdernos. En otras palabras, tenemos una forma electrónica de escuchar esta música.

Por último, y sin ánimo de profundizar mayormente en este punto, cabe consignar que las nuevas tecnologías han generado, a través de internet fundamentalmente,  nuevos espacios de consumo y difusión, a la vez que una forma distinta de relación entre artistas y su público. Un nuevo paradigma socializador que recién comienza a transformar profundamente nuestra relación con el arte y que quizás en unos años más, sea posible de analizar con la distancia necesaria.

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