
El año pasado se cumplieron 30 años desde el lanzamiento al mercado del “walkman”. ¿Walk-qué? Walkman, un dispositivo que te permitía llevar a tu artista favorito a cualquier parte y que en su época fue toda una revolución, la más grande de todos los tiempos creo yo, pues cambió en varios sentidos la forma de relacionarnos con la música.
Recuerdo el primer “Personal Stereo” (así lo conocí) que llegó a mis manos una lejana mañana de octubre; mi padre, seguramente alentado por la publicidad y sin entender muy bien para qué servía el famoso aparatito, me lo entregó como regalo de cumpleaños sin intuir el vuelco definitivo que daba a mi vida en ese momento. Literalmente, y desde entonces, la música no ha dejado de acompañarme: en un solo sentido al comienzo, pues los primeros “Personal” no te permitían retroceder el casete a no ser que lo hicieras tu mismo, con un lápiz. Estabas entonces obligado a escoger muy bien el soundtrack de tu paseo en bicicleta, viaje en micro, o caminata playera. No había vuelta atrás.
Moviéndote siempre en una sola dirección, era posible cargar tu aparatito con casetes de 45, 60, 90 o 120 minutos; y la elección aquí también era compleja: ¾ de hora eran la nada misma, en sesenta minutos no cabían dos discos y las cintas de noventa y ciento veinte solían enredarse con facilidad. Debo reconocer en este punto, que mi obsesión por tener y escuchar siempre los discos completos, me convirtió en habitual consumidor de MAXWELL 45, la marca que ofrecía la mejor relación precio/calidad. SONY era inalcanzable para mi presupuesto y FUJY ni pensarlo, totalmente desechables.
Y entonces un viaje a la playa, un mochileo al sur, o al norte eran para mí una empresa no menor, toda vez que el 70% de mi equipaje consistía en cajas de zapatos acolchadas por dentro, llenas de cintas numeradas del 1 al infinito, cuyo correlato era una larga lista escrita a máquina que mostraba el contenido de cada volumen; mi memoria siempre fue frágil, y la posibilidad de observar en una pantalla el título de lo que sonaba en tus oídos era pura y simple ciencia ficción…
Del dinero gastado en pilas prefiero ni hablar.
El tiempo, que no sabe de pausa ni de stop, avanzó rápido y no tengo mayor conciencia de cómo fue que mis casetes y mi “Personal” comenzaron a acumular polvo al fondo de un cajón. Tampoco sabría precisar el momento exacto en que dejé atrás mi existencia “análoga” y me convertí en un animal digital. Sólo puedo observar, y no sin algo de sorpresa, que ahora mis discos ya no son discos, apenas carpetas y subcarpetas enquistadas en la pantalla de un Ipod desde donde suenan horas y horas de canciones que ya no se gastan, aunque las repita mil veces, aunque los años pasen, aunque yo acumule arrugas y haya comenzado a perder el pelo.




















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